06 diciembre 2009

Adios amiga BINA

Te encontré en Mayo de este año, calculé que aún no tenías un mes de vida, comprendí que te habían arrebatado del cálido nido donde te habría dejado tu madre, para luego abandonarte ¡malditos humanos!-pensé-¡que manía de separar las crías de sus familias para que mueran de hambre!... Estabas en la calle, temí que te atropellara algún vehículo, y te puse en la acera, pero volviste una y otra vez al centro de la calzada, ahora entiendo que querías que te atropellaran, ¡suicidarte!...

Decidí protegerte detrás de una barrera de solar vacío, junto a un montón de comida, temerosa de que salieramos las dos lanzadas por la ventana, si te llevaba a casa...

Al día siguiente, vine a verte, no habías tocado los alimentos que dispuse junto a ti, parecías en vez de gato, un pajarillo malherido con las alitas bajadas, me miraste a los ojos con reproche y dijiste "iiaaaaahhh", ni siquiera te habías movido, estabas aún como te dejé, pegadita a la reja.

Decidí llevarte conmigo contra viento y marea. Como no pude saltar la valla, te agarré con unas pinzas de barbacoa, te dejaste coger con el metálico instrumento, y cuando te tuve en mi regazo, te pegabas buscando mi calor, Tu barriguita estaba totalmente vacía, tiritabas de frío y me costó mucho trabajo que aprendieras a comer; ya en casa, ni siquiera habías sido destetada, imaginé el dolor de tu mami buscándte inutilmente para darte su valiosa leche materna, te prometí nunca más abandonarte.
Como tengo otros cachorros recogidos de la misma calle, ellos se convirtieron en tu nueva familia, el olvido te permitió sobrevivir sin leche y aprendiste a jugar, usar el pipicat sin ensuciar la casa, comer sólidos, y apoderarte de los mejores sitios para dormir.

Trás unos días, casi perdiste un ojo, lo cuidamos con colirio y manzanilla, ¡lo recuperaste!, luego tuviste una diarrea muy persistente que te duró más de un mes, aunque no quisieras ensuciar perdías gotas antes de alcanzar el serrín... Te sentías culpable, ¡angelito! y cambió de nuevo tu caracter, no te acercabas a nadie, ni siquiera a tus nuevos hermanos mayores, a pesar de que nunca te regañé, yo sabía que no querías manchar, te di tantos medicamentos asesorada por la veterinaria, que acabe con tu diarrea, pero quedaste exhausta... Corrías de un lado a otro como un ratón, no crecías, no jugabas, siempre escondiéndote debajo de los muebles...

De pronto observé que cojeabas, pensé que por estar sin fuerzas y te di una sobre dosis de vitaminas... Tu cojera aumentó, ya no salías, pensé que el frío suelo no era bueno para ti, pero no había forma de cogerte...

Un día te busqué por todos los rincones de la casa, temí que te hubieras ido, pero no recordaba haber abierto la puerta, es que eras tan chiquitina que estabas helada e inmovil, detrás de un pié de mi cama. Supuse que el frío había entumecido tus músculos porque casi no podías moverte, te acomodé lo mejor posible, muy envuelta een trapos en la cunita de gatos pequeños, dando comida con una jeringa, que aceptabas sin reservas mirándo con tus ojos muy abiertos y brillantes,tenías una fuerza de voluntad y unas ganas de vivir, a pesar de tu desgracia, encomiable, pero no mejorabas, era como si te hubieras quedado parapléjica, limpiaba tus heces, y gemías por ello no te gustaba. Cuando iba a acostarme, me llamabas "maaaa", no querías separarte de mi.

Por fin cometí uno de los peores errores de mi vida, te llevé a la clínica veterinaria, dijeron que debías quedarte ingresada, porque estabas deshidratada y además tenían que hacerte muchas pruebas, ¡como llorabas cuando me despedí de ti!, PENSÉ QUE QUIZÁ CREÍAS QUE TE ABANDONABA, al día siguiente yo quise verte, pero me aconsejaron que no lo hiciera, que estabas tranquila y así debías permanecer por tu bien, con todo el dolor de mi corazón hice caso, pero quizá tu pensaste que definitivamente te había abandonado y no valía la pena esforzarte por sobrevivir...

Al tercer día me aseguraron que comías sola y estabas mejor, vine a buscarte, había resultado de pruebas pendientes, pero me dejaron llevarte conmigo, te enchufé una manta eléctrica para que te calentaras porque estabas helada. Cenáste un poquito, pero al día siguiente, tras rechazar sistemática todo intento de alimentarte, tu fuerza de voluntad esfumada, creo que por el dolor de sentirte abandonada entre extraños, dejaste de existir.

Nunca olvidaré tus ojos brillantes, grises, mirándome, ni tu extraño pelo distribuido entre gruesas líneas serpenteantes de color más claro, sin rayas. Un dibujo gris azulado que nunca antes vi. Descansa en paz mi amor. No puedo olvidarte.